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3/8/13

Esas tardes lluviosas..

Un rayo de improviso cayo estrepitosamente apagando el televisor y despertando un poco mi amodorrado cuerpo acomodado en tu hombro. Con aquel movimiento aprovechaste para separarte un poco haciendo un ademán giratorio con el brazo

-        Ya me tenias dormido el brazo.
-        Lo siento, me quede dormida. Mejor aprovecho en hacer algo mientras terminas de leer tu libro
-        No, tengo otro brazo que se pone celoso si no vienes a colocarte en el….

Y como una niña pequeña que le abren los brazos no demoro en acomodarme entre tu pecho, como si fueran las alas protectoras de un ave.

-        No quería despertarte, ha sido el rayo
-        No para de llover esta tarde, con las ganas que tenia de salir a pasear o comer un helado…
-        Tengo algo mejor para ti, algo que se disfrutas mas…te contaré un cuento mientras llueve

Entonces yo, ni corta ni perezosa, aprovecho para escabullir mi cuerpo entre el tuyo de manera de poder mirarte directamente a la cara mientras empiezas tu historia…

-        Esta es la historia de un escritor venezolano llamado Pedro Emilio Coll y trata sobre un chico llamado Juan Peña..

A los doce años, combatiendo Juan Peña con unos granujas recibió un guijarro sobre un diente; la sangre corrió lavándole el sucio de la cara, y el diente se partió en forma de sierra. Desde ese día principia la edad de oro de Juan Peña.

Con la punta de la lengua, Juan tentaba sin cesar el diente roto; el cuerpo inmóvil, vaga la mirada sin pensar. Así, de alborotador y pendenciero, tornóse en callado y tranquilo.

Los padres de Juan, hartos de escuchar quejas de los vecinos y transeúntes víctimas de las perversidades del chico, y que habían agotado toda clase de reprimendas y castigos, estaban ahora estupefactos y angustiados con la súbita transformación de Juan.

Juan no chistaba y permanecía horas enteras en actitud hierática, como en éxtasis; mientras, allá adentro, en la oscuridad de la boca cerrada, la lengua acariciaba el diente roto sin pensar.

—El niño no está bien, Pablo —decía la madre al marido—, hay que llamar al médico.

-        Típico…si un niño juega mucho es un niño travieso y si está quieto está enfermo…porque las madres no se ponen de acuerdo y..
-        Ya te salió la vena criticona, me dejas seguir?
-        Cuando te pones así me provoca darte un beso tan grande que te quite el color de la cara
-        Muy difícil mi cara tiene color de luna y sol…sigo

Llegó el doctor y procedió al diagnóstico: buen pulso, mofletes sanguíneos, excelente apetito, ningún síntoma de enfermedad.

—Señora —terminó por decir el sabio después de un largo examen— la santidad de mi profesión me impone el deber de declarar a usted...

—¿Qué, señor doctor de mi alma? —interrumpió la angustiada madre.

—Que su hijo está mejor que una manzana. Lo que sí es indiscutible —continuó con voz misteriosa— es que estamos en presencia de un caso fenomenal: su hijo de usted, mi estimable señora, sufre de lo que hoy llamamos el mal de pensar; en una palabra, su hijo es un filósofo precoz, un genio tal vez.

-        Esas son cosas de pueblo….¿ A quien se le ocurre pensar que un chico callado es un filosofo?
-        Así es la historia
-        Yo le hubiera dado un desparasitante y seguro se le quita
-        Me dejas seguir o me vas a cambiar los cuentos como haces siempre
-        Que yo que???—Esta bien..muda…sigue, amor

En la oscuridad de la boca, Juan acariciaba su diente roto sin pensar.

Parientes y amigos se hicieron eco de la opinión del doctor, acogida con júbilo indecible por los padres de Juan. Pronto en el pueblo todo se citó el caso admirable del "niño prodigio", y su fama se aumentó como una bomba de papel hinchada de humo. Hasta el maestro de la escuela, que lo había tenido por la más lerda cabeza del orbe, se sometió a la opinión general, por aquello de que voz del pueblo es voz del cielo. Quien más quien menos, cada cual traía a colación un ejemplo: Demóstenes comía arena, Shakespeare era un pilluelo desarrapado, Edison... etcétera.

Creció Juan Peña en medio de libros abiertos ante sus ojos, pero que no leía, distraído con su lengua ocupada en tocar la pequeña sierra del diente roto, sin pensar.

Y con su cuerpo crecía su reputación de hombre juicioso, sabio y "profundo", y nadie se cansaba de alabar el talento maravilloso de Juan. En plena juventud, las más hermosas mujeres trataban de seducir y conquistar aquel espíritu superior, entregado a hondas meditaciones, para los demás, pero que en la oscuridad de su boca tentaba el diente roto, sin pensar.

Pasaron los años, y Juan Peña fue diputado, académico, ministro y estaba a punto de ser coronado Presidente de la República, cuando la apoplejía lo sorprendió acariciándose su diente roto con la punta de la lengua.

Y doblaron las campanas y fue decretado un riguroso duelo nacional; un orador lloró en una fúnebre oración a nombre de la patria, y cayeron rosas y lágrimas sobre la tumba del grande hombre que no había tenido tiempo de pensar.

-        Y fin….terminó la historia
-        Me prometes algo?...si tenemos un hijo y se rompe un diente no lo dejemos pensar tanto..
-        No me preocupa eso, contigo en casa no hay quien pueda pensar
-        Me estás diciendo que no dejo de hablar?
-        Yo??? jajajjajajaja  ven aquí loca de carretera..te quiero
-        Y yo te quiero mas…

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Para los que solo fui sombra..para aquellos que deje huella...escribiré siempre que pueda todo lo que mis divagaciones me hagan sentir...